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Un Caso de Flamenco Australiano
por [
Geoffrey Griffin]

La semana pasada, fuí con la Doña Mercedes (la madre de mi familia española) a una bodega para ver mi primera presentación Española del Flamenco. En la antigüa bodega había muy buen ambiente con las bigas y faroles originales y cuadros polvorientos de cantantes y guitarristas del Flamenco que nos miraban fijamente desde las paredes. Había un auditorio de setenta personas, la mayoría de los que habían eran mujeres mayores. El cantante era una mujer que tenía sólo veinticinco años, vestida con un vestido negro, cubierta por un chaleco adornado de flores lleno de colores. El tocador era un hombre tambien de viente cinco años, con el pelo negro rizado y una cara muy expresiva. Cuando comenzaron a cantar cada persona ahí se dió cuenta de que no tenían sólo veinte cinco años, sino que sus edades, como los raices del Flamenco estaban perdidas en las noches interminables andaluzas del verano. La tristeza con que cantaba les pusó a todos con carne de gallina, hasta yo, aunque no entendía lo que cantaba. Me sorprendí mucho cuando entre canciones le pregunté a Doña Mercedes de que cantaba el cantador, y me respondío que tampoco entendía. Comprendí entonces que las lágrimas que mojaban las mejillas arrugadas de las mujeres mayores no eran por las palabras, sino por el sentido que manifestaba el cantante y el tocador.

En Australia, cuando llora un niño, es común que la madre le diga, "Está bien, no llores, no llores". Pero aquí había una niña en la escena gemiendo por su tristeza y las madres le gritaban "¡Vale!", "¡Olé!" y "¡Así es!". He visto Flamenco en Australia en un restaurante español, pero no como este. Porque el Flamenco es más que un estilo de cantar y tocar, es un intercambio entre la gente de sus sentidos tristes en una manera aceptada en público. Sería fácil decir que no hay foros públicos en Australia para sentir la tristeza. Pero hay, los que son como el cine, en donde, escondido en la oscuridad segura, a través de lo que se sienten los actores, nos permitimos llorar. Lo que me pone triste es que este foro no es realmente un foro público. Tenemos demasiado miedo de que nuestros vecinos nos vean débiles si lloramos en público. Quizás es por esta falta de foros públicos que Australia tiene uno de los más altos niveles de depresión en el mundo, especialmente entre los adolescentes varones, a quienes más que todo les faltan foros y además la sabiduria de mecanismos de sentir la tristeza en público. Lo que nos falta es un Flamenco Australiano. Quizas mientras lo buscamos, debemos enseñar el Flamenco andaluz en las escuelas primarias australianas.


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